La vida en el campo es una bendición para los pobres


Si los pobres que hoy atestan las ciudades encontrasen casas en el campo, podrían no sólo ganarse la vida, sino también recobrar la salud y gozar de la felicidad que ahora desconocen.

Rudo trabajo, vida sencilla, estricta economía, y a menudo penalidades y privaciones, es lo que les tocaría. Pero ¡qué bendición sería para ellos dejar la ciudad, con sus incitaciones al mal, sus alborotos y sus crímenes, su miseria e impureza, para saborear la tranquilidad, paz y pureza del campo!

Si a muchos de los que viven en las ciudades y que no tienen ni un metro cuadrado de hierba que pisar, y que año tras año no han mirado más que patios sucios y estrechos callejones, paredes de ladrillo y pavimentos, y un cielo nublado de polvo y humo, se los llevara a algún distrito rural, en medio de campos verdes, bosques, collados y arroyos, bajo un cielo claro y con aire fresco y puro de campo, casi les parecería estar en el Cielo.

Apartados así del contacto de los hombres y de la dependencia de ellos, y alejados de los ejemplos, las costumbres y el bullicio corruptores del mundo, se acercarían más y más al corazón de la naturaleza.

La presencia de Dios sería para ellos cada vez más real. Muchos aprenderían a depender de él. A través de la naturaleza oirían la voz de Dios hablar de paz y amor a su corazón, y su mente, alma y cuerpo responderían al poder reconstituyente y vivificador.

(El ministerio de curación, págs. 143, 144 [Ellen G. White 1905]).